Altamira, la primera gran obra de arte



Después de Altamira, todo parece decadente

(Pablo Picasso)

En el verano de 1879, Marcelino Sanz de Sautuola, se internó en la cueva de Altamira , situada junto a Santillana del Mar, con su hija de ocho años, María Faustina Sanz Rivarola.  Nuestro estudioso de la Prehistoria ya sabía de la existencia de la cueva,  pues tuvo noticias de que la había descubierto un aparcero suyo, Modesto Cubillas, mientras cazaba en 1868. Pero era una más de las muchas cuevas que hay por la zona y nadie le había dado importancia.

Entre los matorrales estaba la entrada a la cueva. La casa es la antigua del guarda.

Actualmente el acceso a la cueva está en el interior del Museo de Altamira, que ofrece el aspecto de este moderno edificio

El mismo Sautuola visitó la cueva en 1878, la recorrió completamente, pero solo vió algunos trazos de pinturas esuqemáticas que no achacó a la mano humana. Sin embargo, aquel día, unas pinturas en el techo de la segunda sala, un techo entonces muy bajo (hoy se ha rebajado el suelo para facilitar su contemplación) llamaron a atención de la niña, quien entró en la segunda sala y avisó a su padre con un “¡Mira Papá! ¡Bueyes pintados!”, tal como narró al año siguiente, 1880, Don Marcelino en su obra “Breves apuntes sobre algunos objetos prehistóricos de la Provincia de Santander“, en la que mostraba una reproducción de la bóveda que contiene la mayor cantidad de pinturas.

Pero no sabía Don Marcelino la que se le avecinaba con su publicación. En aquel tiempo los piques eran constantes entre destacados miembros de la comunidad científica y los entonces mayores expertos en arte rupestre, como Gabriel de Mortillet y Cartailhac negaron la posibilidad de que aquellas pinturas tan naturalistas pudieran haber sido hechas por hombres del Paleolítico. Y no era de extrañar que una afirmación de esta envergadura fuera puesta en tela de juicio, aunque quizá no con la iniquidad de poner en duda el honor del descubridor al sugerir que él mismo las pintó en el año que mediaba entre su primera y segunda visitas a la cueva.

 

 

 

 

 

 

 

 

Marcelino Sanz murió poco después y no tuvo la fortuna de ver cómo sus detractores se desdecían de sus palabras e intentaban restituir su honor, lo que hizo Cartailhac, que publicó en 1902 un “Mea culpa d’un sceptique”, reconociendo su equivocación y mostrando su respeto y admiración por Sautuola.

Este debate sobre la autenticidad de las pinturas y el reconocimiento como una obra artística realizada por hombres del Paleolítico supone un largo proceso en el que se van a ir definiendo los estudios sobre la Prehistoria y termina sobre 1902, tras el descubrimiento de otras cuevas en Francia que contienen arte Parietal y de la exposición e influencia de los estudios de Henri Breuil sobre este arte, que cambiaron sustancialmente el parecer de los investigadores sobre el asunto.

 

 

 

 

 

 

 

Fijada la autenticidad de las pinturas, se inicia el debate sobre la propia obra. La divergencia entre los investigadores se centra en torno a la precisión cronológica, la misteriosa finalidad de las mismas y su valor artístico y arqueológico. Estas cuestiones afectaron, no sólo a la cueva de Altamira, sino a todo el arte rupestre cuaternario descubierto.

Utilizando el método del carbono 14, los investigadores Laming y Leroi-Gurhan establecieron para las pinturas de Altamira una datación entre 15.000 y 12.000 años a.C. Pertenecían, por tanto, al período Magdaleniense III.

¡¡¡ ESTAS PINTURAS SON DE COLORES !!!

 

Se usaban uno o dos colores que se obtenían con pigmentos minerales (carbón para el negro, ocre u óxido de hierro para el rojo o el amarillo…) u orgánicos (manganeso, para el gris), la mayoría de los autores coinciden en que bastaba con disolverlos en el agua recogida en la propia caverna, luego al ser aplicados la pared de roca húmeda absorbía la pintura y la gran cantidad de caliza disuelta la cristalizaba, dándole suficiente durabilidad.

PINTABAN  ¡¡¡ Y DE QUÉ MANERA  !!!

El artista de Altamira graba primero sobre la pared de la cueva la figura deseada con una piedra afilada. Posteriormente pinta sobre lo grabado, marcando el contorno en negro con carbón vegetal. El relleno va en ocre. Utiliza agua para diluir los pigmentos y los aplica o con la mano o con un tampón de materia vegetal o bien por soplado (aerografía) con un hueso hueco de ave y proyectándolos como si de una cerbatana se tratara. El pintor podría iluminar la estancia con lámparas de tuétano, que dan una luz intensa y limpia y no ennegrecen las paredes. La humedad natural de la cueva fija y mantiene la frescura de los colores. Al final se podían simular realces más claros raspando la roca, y en todo caso, aparecen degradados muy avanzados y precisos, junto alineas perfectamente definidas, integrando estructuras de dibujo muy complejas. En la imagen siguiente se observa muy bien el proceso de marcar el contorno de la figura con un buril (una piedra más dura) en una pintura solo esbozada de un bisonte miranzo hacia la izquierda en la esquina superior izquierda,  y de pintarlo luego con carbón antes de rellenar de color como aparece en la otra figura de un bisonte sin cabeza mirando hacia arriba:


El estilo que consiguen estos pintores (no sabemos si fue uno solo o fueron varios, si eran hombres o mujeres quienes hacían los dibujos, ni siquiera si se hicieron todos en un intervalo corto de tiempo o la elaboración del techo principal fue un asunto de varias generaciones) es muy personal y perfectamente definido. Vamos a sacarlo de la pared para poder apreciarlo como si fuera un cuadro:

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El Bisonte encogido

Es una de las principales figuras del techo. En ella podemos ver muy bien cómo el pintor comienza señalando el perímetro de pintura negra, y luego rellena. Muchos piensan que es una hembra pues interpretan que las ubres se ven perfectamente dibujadas y aunque se ve de perfil se aprecian las dos patas traseras pero solo una delantera. Destaca el perfil del ojo y la testuz, pero también la manera de dibujar los pelos. El Bisonte encogido es una de las pinturas más expresivas y admiradas de todo el conjunto. Está pintado sobre un abultamiento de la bóveda. El artista ha sabido encajar la figura del bisonte, encogiéndolo, plegando sus patas y forzando la posición de la cabeza hacia abajo. Todo ello destaca el espíritu de observación naturalista de su realizador y la enorme capacidad expresiva de la composición. Fíjate como es su postura sobre la roca, con la iluminación forzada para apreciar el relieve:

 

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Macho alfa de la manada de bisontes

Este macho con sus atributos sexuales muy identificados es para mi una de las figuras más estilizadas de la cueva y quizá la mejor obra de dibujo de todo el paleolítico. Podmos apreciar un estilo preciosista de lineas de suaves curvaturas, rostros bellísimos y formas sugerentes. Existen claras desproporciones entre el tamnaño de la cabeza y del cuerpo, pero también están especialmente estiradas las patas del animal, lo que aumenta su prestancia. En esta figura no aparecen dibujos de pelos en los contornos, como pasa con las demás. La precisión en el dibujo de las partes, el detalle de las pezuñas y el estilismo en vcerviz, cadera y hasta en el rabo, son prodigiosos.

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Bisonte macho de perfil

 

Esta otra figura de bisonte es un poco más tosca que la anterior, ¡¡¡ pero no olvidemos que estamos viendo dibujos de hace al menos doce mil años !!! Muestra posición de perfil pero se le ven las cuatro patas de una manera muy natural, es decir, existe la intención en el pintor de mostrarnos una profundidad en el dibujo, al enseñarnos parcialmente las patas que se encuentran en la parte trasera del objeto dibujado. En esta figura se aprecia mejor que en otras la técnica de soplado de la pintura a través de cañas de huesos para conseguir los rellenos. Volvemos a fijarnos en los pelos que están dibujados en algunos contornos. Los cuernos son los mejores de toda la cueva y las patas son preciosas.

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Tumbado y mirando atrás

En más de un sitio he visto que tiende a identificarse a esta figura con una hembra. No sabría decantarme, porque no hay nada que lo indique, aunque su cara es tan grácil que más parece de una gacela que la de un bisonte. Su postura con la cara mirando hacia atrás hace que nos fijemos en su expresión, en la oreja junto al ojo y bajo el cuerno y en la sensación general que produce de estar sentado, pero vivo, fijándose en algo que sucede detrás de él. Aquí encontramos solo dos patas, aunque las dos ancas traseras están presentes.

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Bisonte mugiendo

Dejo para el final a una de las figuras menos conocidas, pero que más fuerza expresiva tienen, tanto porque el animal se muestra mugiendo y con una expresión tensa, como por la perfecta proporción de las diferentes partes del animal. Este dibujo, junto con el de la hembra de bisonte tumbada, fueron los que usó Henri Breuill para exponer a los investigadores internacionales sus estudios sobre el arte Parietal, que cambiaron la opinión de la comunidad científica internacional sobre la veracidad de la antigüedad de las pinturas.

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En Altamira el bisonte es el animal más numeroso. Aparecen en total diecisies, de pie, mugiendo, echados, con la cabeza vuelta, etc. Casi todos están concentrados en el espectacular techo de 18 x 9 metros. El artista los pinta muy realistas, con muchos detalles (hocico, ojos, cuernos, pelaje, sexo, pezuñas, rabo, etc.), se ve que los conoce muy bien en su anatomía y comportamiento, lo que hace pensar que los caza para comérselos, o que tiene mucho tiempo para observarlos cuando el cazador los abandona tras su caza en la entrada de la cueva.

En un alarde de perfeccionismo, el pintor aprovecha los salientes naturales de la roca para pintar encima los bisontes y obtener un realismo absoluto con la sensación de relieve que se produce. Además de los bisontes, Altamira cuenta con caballos, jabalíes, cabras, renos, mamuts y una monumental cierva de 2,25 mts.

La gran cierva, la mayor de todas las figuras representadas, tiene 2,25 m. Manifiesta una perfección técnica magistral. La estilización de las extremidades, la firmeza del trazo grabado y el modelado cromático le dotan de un gran realismo. No obstante, acusa una cierta deformación, seguramente originada por el cercano punto de vista del autor. Debajo del cuello de la cierva aparece un pequeño bisonte en trazo negro. No olvidemos que el techo estaba muy bajo (en esta zona no mucho más de ciento diez o ciento veinte centímetros, y había que ponerse en una postura muy incómoda para pintar. Pero sin duda, aunque solo sea por su tamaño y posición en el techo, es una de las figuras principales, tanto que en ocasiones se ha interpretado la cúpula como un gran mural que muestra a dos grandes grupos de animales, al de la cierva y el del bisonte.

El caballo ocre, situado en uno de los extremos de la bóveda, fue interpretado por Breuil como una de las figuras más antiguas del techo. Este tipo de póney debió de ser frecuente en la cornisa cantábrica, pues también le vemos representado en lacueva de Tito Bustillo, descubierta en 1968 en Ribadesella.

Además de estos bellísimos animales, en Altamira existen también signos simbólicos, abstractos y “tectiformes”, adjetivo que tuvo demasiado éxito en su momento, que también se debe a Breuil en su ya citado estudio expuesto en 1902 ante la “Asociación francesa para el avance de las ciencias” y que significa ‘en forma de cabaña’. De ellos hablaremos con más profundidad próximamente, pero digamos aghora que su significado lo desconocemos, podrían ser trampas, laberintos o alusiones sexuales a la fertilidad y fecundidad.

Artísticamente los pintores de la cueva de Altamira dieron solución a varios de los problemas técnicos que tuvo que afrontar la representación plástica tuvo desde sus orígenes en el Paleolítico.

Tales fueron

  • el realismo anatómico,
  • el volumen,
  • el movimiento y
  • la policromía.

Así que podemos decir que en el arte rupestre franco-cantábrico (sur de Francia y Cornisa Cantábrica española) las pinturas son polícromas, no forman escenas sino que son animales independientes y a veces superpuestos. Casi no aparece la figura humana. No se representa movimiento, las figuras son muy realistas y cada cueva muestra cierta especialización en una determinada especie (Altamira bisontes). Las figuras están en lugares apartados y recónditos. Pero también podemos deducir, en palabras de Jose Antonio Lasheras (director del Museo Nacional y Centro de Investigación Altamira) que “Ese primer arte es múltiple y diverso, completo desde sus más antiguos ejemplos, vigente en técnicas y estilos pues algo de todos ellos parece estar en él, quizá por todo esto nos emociona y nos vincula aún

Ante estos prodigiosos bisontes, llenos de elegancia y de fuerza, fruto de una enorme maestría e imaginación, cabe preguntarse si los hombres del paleolítico eran, como algunos piensan, brutos, toscos y salvajes, o por el contrario eran sensibles, místicos y estetas.A este respecto, hace pocos años hemos asistido a una curiosa discusión en varios medios de comunicación sobre el sexo del supuesto único autor  de las principales figuras de bisontes en la cueva. No es nada importante, desde luego, aunque siempre lo es debatir e intercambiar opiniones sobre los grandes hechos culturales de la humanidad. Por ello te preguntamos también, ¿quién crees que pintó en Altamira, un hombre o una mujer?

Encuesta:

Y por último aquí tienes un video sobre Altamira que no dejará de gustarte:

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