Las hijas del Cid


O las excusas para desnudos

Dióscoro Teófilo Puebla Tolín 1871

Óleo sobre lienzo 231 x 308 cms.

“Mujeres apaleadas por dos caballeros que huyen a lo lejos”

Este subtítulo irónico figuraba en el catálogo de la Exposición de 1871 en la que este lienzo de Puebla Tolín recibió algo más que amargas críticas, básicamente por su amaneramiento y extrema dulzura, en tratándose de tan escabroso tema el que toca, como los maltratos de género, (femenino). El cuadro no consiguió premio alguno en la Exposición, pero tras una medalla de consolación, el pintor recibió del Estado español 8000 reales por el lienzo, que se expone ahora en el Prado. Pero ¿que hacen dos tetudas sufrientes amarradas en pleno bosque?:

Esta antigua leyenda española, que data y aparece en el Poema del Mío Cid, tan dudosa e increíble como los cuadros que la han ilustrado, ha servido a los pintores del XIX como excusa para practicar el desnudo femenino morboso sin que les insultaran directamente y se limitaran a pensar mal y envidiosamente de ellos, pues ha habido otros, como Domingo Valdivieso, que han mostrado otros desnudos bastante más aparentes.

Lo primero es decir que las tales Doña Elvira y Doña Flor, las dos supuestas hijas del Cid, cuyos nombres aparecen así en el mencionado poema (una interpretación ‘bastante libre’ de la recuperación de la honra del Cid, escrito en torno al 1200) no existen ni existieron nunca. En realidad las hijas de Don Rodrigo se llamaron María y Cristina (y Diego el hijo, que aquí no pinta nada). La primera se casó con Ramón Berenguer II conde de Barcelona, y la segunda se casó con Ramiro Sánchez de Navarra. Pero si falsos son ya estos nombres mucho más lo es la milonga siguiente que nos cuentan desde la Edad Media y que viene a decir:

Los Condes de Carrión, Diego y Fernando, habían casado con las hijas del Cid más en busca de sus riquezas que de sus amores, y habían dado buena muestra de su cobardía en la batalla, ante lo cual el Cid mandó a sus criados que soltarán un león (manso) en su presencia. Los dos condes se aterraron ante el felino y Don Rodrigo le agarró de la melena y le volvió a meter en la jaula. Así dejó en ridículo a los dos de Carrión, que juraron secreta venganza. Total, que a la primera de cambio, con el pretexto de llevar a sus mujeres a Castilla, pararon a dormir en el robledo de Corpes, donde tenían pensado de paso matar al señor moro de la zona, el rey Abengalbón, (que descubre su plan y no se deja) y ambos yacen plácidamente con sus esposas en el bosque, retozando como les place, pero al día siguiente se levantan con mal pie, las atan a ambos dos robles y les reparten un par de manos de hostias con cinchas de cuero, a lo que las desdichadas suplican que las rematen (¡!) :

“cortadnos las cabezas, mártires seremos nos.
Moros y cristianos hablarán de vuestra acción,
dirán que no merecimos el trato que nos dais vos”.

Pero los Condes ni caso y a lo suyo, huyendo a caballo del lugar, porque a pié no hay quien huya de nada, las dejan atadas y desnuditas, de manera parecida a como nos las enseña el Valenciano Ignacio Pinazo en su excelente lienzo, aunque en realidad el texto dice que las dejaron con camisa.

“Los mantos y las pieles les quitan los de Carrión,
con sólo las camisas desnudas quedan las dos”

Por lo que podemos concluir que las camisas se las quitan los pintores y no los Condes, un asunto de ‘puesta en escena’:

Al día siguiente Féliz Muñoz, (llamado así no sabemos por qué, dada la cara de Rasputín, con perdón, que le pintan aquí debajo) las descubre, las desata, les quita las hojas de las ingles, y las lleva a San Esteban de Gormáz,  donde ya vestiditas, los hombres del Cid se hacen cargo de ellas y las trasladan  a Valencia, el hogar de su padre, al que hallan deseoso…¡de volver a casarlas!

“juro por esta barba, que nadie me mesó,
no lograréis deshonrarme, infantes de Carrión;
que a mis hijas bien las casaré yo”.

 

Pues bueno, después de tantas vueltas, el asunto de la humillación, paliza, felonía y mal hacer de los de Carrión se ha transformado en un asunto turístico, y así lo publicitan en Castillejo de Robledo, en Soria. Es como si al andar por la Alcarria nos encontráramos con carteles que dijeran, ¿quiere usted visitar la Ínsula Barataria regida por Sancho Panza?. En fin, que alguien debería decirles a los castillejorobledanos que todo este asunto tiene pinta de ser bastante falsete y que en todo caso, hasta los delitos reales prescriben, malo está que este maltrato altomedieval siga siendo objeto de escarnio tras más de nueve siglos.

Que no es mi intención la de defender a maltratador alguno, sean o no de Carrión, o aunque ya ni huelan, pero me pregunto si me haría gracia que me soltaran un león cerca para reirse de mi reacción, y por qué diablos pegan a las mujeres si con quien están enfadados es con el suegro, y también me pregunto quién tenía más ganas de deshacerse de las mozas, si los maridos o el padre, y por qué diablos ellas pedían que les mataran como si no les bastara con la paliza, y hasta me pregunto si es que los pintores del XIX no podían haber encontrado otro suceso menos dramático para su reincidente labor de mostrar teta.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Cristina
    Feb 22, 2011 @ 21:44:11

    Qué manía con desnudar a las niñas… Mucho apaleamiento pero ni un rasguño…Tu te lo crees? Parece más bien un espectáculo sado-maso… Y la falta de naturalidad de las maltratadas? Si tienen impoluta hasta la planta del pie…

    • Juan Muro
      Feb 22, 2011 @ 21:57:56

      Sí, sí, ahí había tema. Al final acabaron casándose como quería el padre, pero yo creo que con otros más aburridos que los primeros.

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