Il Braghettone


La vergüenza del censor


Es triste para un artista que su nicho en la posteridad lo deba a haber mutilado la obra de un genio. Me llamé Daniele Ricciarelli, pero apenas hay quien recuerde mi nombre. Soy ya para siempre el “Braghettone”, el infame que cubrió las partes pudendas de algunos de los personajes del Juicio Final, el gran fresco de la Capilla Sixtina, el que traicionó al divino Michelangelo, su maestro y amigo. Y sin embargo, nadie dice que fue el propio Miguel Ángel quien me pidió, ya muy enfermo, que fuera yo quien se ocupara de tan ingrata tarea.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Buonarroti estaba culminando el grandioso fresco cuando lo conocí. Tenía sesenta y cinco años y yo en poco pasaba de los treinta. Llevaba ya algunos años en Roma y era todavía un aprendiz que ayudaba a los consagrados en las pinturas al fresco, por aquellos tiempos los encargos más lucrativos de la Iglesia renacentista. ¿Cómo olvidar aquella mañana? Contratado como asistente de Bonaccorsi, a quien llamaron Perino del Vaga, estaba retocando algunos detalles del San Mateo en una de las capillas de San Marcello, aún en reconstrucción. El infernal estruendo de las obras me impidió oír la entrada de mi maestro acompañado de cuatro o cinco personas, y tuvo que gritar varias veces para hacerse notar y ordenarme que bajase del andamio a saludar al notable visitante. Imaginad mi emoción al reconocer a mi más admirado artista, ese hombre feo (cabezón, de cabellos desagradablemente ralos, nariz chueca) que creaba la mayor belleza que los siglos han visto hasta ahora. ¿Falto a la modestia si digo que Miguel Ángel ensalzó mis trazos?

Mi amor fue pagado con su amistad durante los siguientes veinticuatro años, que hasta en su muerte quiso que le asistiera. Evoco con nuevas lágrimas las que derramé mientras, a partir de su máscara mortuoria, modelaba el busto que fue mi humilde homenaje. Fui uno de los que ayudé a trasladar su cuerpo desde Roma a Florencia, envolviéndolo en un fardo de tela oculto dentro de un carro, pues temíamos que los jerarcas vaticanos impidiesen el deseo del genio de reposar en la ciudad de su infancia. Estuve entre los que portaron el ataúd desde la Compagnia dell’Assunta hasta la Basílica de la Santa Croce, nocturno desfile multitudinario alumbrado por infinitas antorchas. Asistí desolado al solemne funeral en la Iglesia de San Lorenzo, presidido por el Duque Cósimo de Medici. Y volví a una Roma que me parecía vacía, a penar mi dolor y mi penitencia que, Dios así lo quiso, no duraron mucho; sólo dos años de tristeza para caer en la nada eterna, que no en el olvido. ¿Acaso merezco tan injurioso apodo?

Mas volvamos a los días en los que nuestra amistad se iniciaba. Como ya he dicho, andaba Miguel Ángel encerrado en la Capilla Sixtina, a la que hasta el propio Papa tenía prohibida la entrada: nadie había de ver su obra hasta que la considerase acabada. Sin embargo, desde hacía tiempo circulaban por la ciudad demasiados rumores sobre el fresco y Buonarroti hubo de acceder a enseñarlo a Paulo III y a algunos otros. También yo estuve allí y doy fe de que el pontífice quedó impresionado ante la majestuosa belleza de las escenas, sin mostrar ápice de escándalo (no en vano era un Farnesio, gustador de todos los placeres). En cambio, el bobalicón de Messer Biagio de Cesena, el maestro de ceremonias de la corte vaticana, se atrevió a calificar esa obra maestra como propia de un burdel, de tantos desnudos que exhibía. Le contestó Miguel Ángel que no se preocupara por la pequeñez de una pintura cuando tantos pecados y desórdenes había en nuestros tiempos. Mejor haría la Iglesia, añadió con su altivez característica, en afanarse por arreglar el mundo, que es harto difícil, antes que retocar las imágenes de un muro. Ya imaginaba el maestro lo que habría de suceder y hasta diría que lo incitaba, como si tales mezquinas hipocresías no le concerniesen. Aun así, pocos días más tarde, añadiría el retrato del insolente en el ángulo inferior derecho, que corresponde al infierno, representando a un Minos con orejas de asno y una serpiente enroscada. El de Cesena, corrió a quejarse al Papa para que ordenase al artista que corrigiese esa afrenta, pero Paulo, que encontró graciosa la broma, le contestó que su poder sólo alcanzaba a sacar cristianos del Purgatorio.

El Juicio Final se mostró al público en la solemne misa de la Navidad de 1541 y, si ya Miguel Ángel era considerado el más grande artista de la cristiandad, gracias a esa maravilla pasó a ser tenido por divino. Se dijo por aquellos años que era la pintura más gloriosa jamás hecha en todo el mundo. Los Tramezzino, los famosos editores venecianos que habían publicado los sermones del fanático fraile Savonarola, escribieron que “todas las maneras, todas las encarnaciones y movimientos, todas las posturas, todos los estados posibles de un cuerpo humano, todos los matices del alma, se ven expresados en los antiguos milagros y en vos, Miguel Ángel, como cosas ordinarias tan naturales, tan vivas, tan propias, que podría casi decirse que apenas la propia natura podría añadir algo”. Los artistas peregrinaban hasta el Vaticano para admirar los frescos de Miguel Ángel y el Papa Paulo mostraba orgulloso su capilla privada a los más ilustres visitantes. Pero, entre la generalizada admiración, no faltaron desde muy pronto las críticas envidiosas, sobre todo las que desde Venecia profería el conocido hijo de puta (que así él mismo se denominaba) del Aretino. Vergüenza habría debido darle a ese tosco muñidor de poemas y comedietas pornográficas hablar de pudor, y justa medida de su hipocresía es esa cínica propuesta suya de velar los atrevimientos pictóricos para no escandalizar a los luteranos. No prestó oídos Buonarroti a esos graznidos, atento sólo a las preocupaciones de su genio. Pero los tiempos estaban cambiando y poderosos enemigos acechaban a la espera de su hora oscura.

La herejía luterana campeaba ya por los principados alemanes y Paulo, de natural tolerante, quiso en un principio buscar fórmulas de concordia. Hasta en dos ocasiones intentó convocar un concilio y los dos fracasos no sirvieron sino para reforzar las posiciones de los halcones vaticanos. Pocos meses después de la presentación del Juicio, el cardenal Caraffa, uno de los más encarnizados detractores de Miguel Ángel y su obra, consiguió que el Papa restableciera el Santo Oficio, que tanto daño haría. Finalmente pudo abrirse el Concilio y desde sus inicios, bajo la estricta organización de los recién llegados pero astutos jesuitas, se comprobó que no optaba precisamente por la concordia. Murió Paulo III (que descansa en la tumba que le diseñó Miguel Ángel) y fue elegido Julio III. Murió Julio III y por sólo veintidós días reinó Marcelo II. Y luego subió al solio Caraffa, muy anciano ya pero con su rabia de quince años todavía intacta. Fueron cuatro años de dura represión en Roma y, sin embargo, mi maestro y amigo no sufrió graves ofensas, por más que las esperaba con calmada indiferencia. El Papa y yo nos conocemos desde hace demasiado, me comentó durante esos días; somos de la misma edad, dos ancianos que siguen sin gustarse. Él querría hacerme daño, borrar mis frescos, romper mis esculturas … Pero no se atreve y además no le conviene. Pero aunque no sea una prioridad urgente, te aseguro, Daniele, que incluso después de muerto (que poco nos queda a los dos para dejar este mundo) conseguirá obtener su miserable venganza.

Acertó Miguel Ángel pues, aunque murió Caraffa, poco después, bajo el nuevo Papa Pío, se reanudó el Concilio que por fin llegaría a su término. Una tarde la pesada aldaba de bronce de la casa de Marcel de’ corvi resonó amenazadora y el viejo sirviente subió hasta la cámara del maestro para anunciar al visitante, un melifluo y bisoño jesuita español, cuyo nombre he olvidado. Buonarroti, ya cercano a los noventa, reposaba su dolorido cuerpo en el lecho, mientras la joven Sofonisba tocaba suavemente el laúd y yo, en un rincón de la estancia, ajustaba algunos detalles del grandioso diseño de la cúpula de San Pedro. En su áspero italiano, el sacerdote se explayó sobre las nuevas doctrinas de Trento y la necesidad de una mayor moralidad en las obras sacras cuya finalidad, así nos dijo, era mover los ánimos hacia la oración y nunca a la lujuria. Impacientado de tantos circunloquios, lo interrumpió el maestro con displicente sonrisa irónica: ¿os envían del vaticano para que autorice que pintéis taparrabos en el fresco de la Sixtina? Se trataría, signore, tartamudeó el clérigo, de aminorar algunos de los perniciosos efectos de vuestro Juicio Final sin que, por supuesto, se malograse en nada su egregio valor artísticos. ¿Perniciosos efectos? ¿A qué os referís? ¿Acaso a que hay demasiados penes y testículos y alguna que otra teta? Sí, maestro, balbuceó el jesuita, y Santa Catalina que mira lascivamente hacia las partes pudendas de San Blas … Marchad, spagnoletto, volvió a interrumpirle Miguel Ángel, volved a vuestra bandada de cuervos negros y a los hipócritas que os alimentan; decidles que guarden la mínima decencia de no molestarme que ya poco tienen que esperar para lograr sus empeños. Y sabed, acabó irguiéndose en el lecho, que yo no corrijo hombres.

Cuando el cura se fue, Buonarroti me hizo una seña para que me acercara; pese al cansancio que ya nunca le abandonaba, se notaba el rubor de la ira en su rostro, las señales de su majestuosa indignación que siempre desplegó sin ningún temor frente a los más grandes personajes de la época. Aguardarán a que muera, Daniele, y entonces llamarán a algún braghettone de mala muerte para que mancille el Juicio. No quiero que eso ocurra, pero no está de mi mano impedirlo, tan sólo limitar los daños y quién sabe si hasta mejorar la obra; y en este punto me hizo un guiño guasón. No, maestro, contesté al adivinar de inmediato sus intenciones, no me pidáis eso; movilizaré a todos los artistas de Italia, a toda la cultura de Europa, os juro que no se atreverán. No seas ingenuo, querido (y con cariño me cogió las manos), no lograrás nada y, además, qué importa, que se alegre Caraffa en el infierno. Te aseguro que si no fuera tan viejo y orgulloso, yo mismo pintaría los taparrabos. No puedo, Daniele, pero tú sí. Estas manos tuyas saben moverse como las mías, pintarán velos que se fundirán armoniosamente en esos cuerpos que tanto escandalizan. No dejes que otro lo haga; si no te llaman, que lo harán, ofrécete tú mismo.

Tres meses después moría Michelangelo Buonarroti, el genio, mi maestro, mi amigo, mi benefactor. Como había predicho, me ofrecieron el encargo a los pocos días de mi vuelta de Florencia. Nunca ninguna de mis obras me costó tanto dolor y esfuerzo. Aupado en el andamio, lloraba mientras el pincel acariciaba las pieles nacaradas de sus ángeles, los muslos atléticos de Cristo, unas cuantas entrepiernas. A veces me creía en trance y sentía que Miguel Ángel sujetaba mi mano entre las suyas y la guiaba amorosamente. Trabajé muy despacio, deseando no acabar nunca a riesgo de encender las iras de los censores vaticanos. Al final hube de abandonar, sin haber tapado todo lo que los clérigos pedían. Ya por entonces habían empezado a llamarme el braghettone. ¿Cómo creéis que me sentía al oírlo? Gracias a Dios, no tarde mucho en morir, ya lo he dicho. Pero, casi quinientos años después, la vergüenza sigue asociada a mi nombre: Daniele de Volterra, el braghettone, sí, pero por amor.

Escrito por Miroslav Panciutti en su precioso blog “Conciertos y Desconciertos

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Ver la Capilla Sixtina en 3D

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3 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. cristina
    Mar 15, 2011 @ 13:28:06

    Sabes lo de la tábula rasa?

  2. Trackback: ‘Il Braghettone’ « Manuel Jesús Florencio
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