El pintor que vino del Norte


ALBERT  EDELFELT

Como ejemplo de los pintores que venían a “La Meca” española

De una familia acomodada de ascendencia sueca, el pintor finlandés Albert Gustaf Aristides Edelfelt (1854-1905), había comenzado con quince años sus estudios de pintura en la Escuela de la Sociedad de Arte Finlandés, y sin cumplir los veinte era discípulo de Adolf von Becker en el aula de dibujo en la Universidad de Helsinki. La carrera de Edelfelt avanzaba a buen paso cuando con esa edad asistía en Paris al taller de Jean-Léon Gérôme, compartiendo estudio con el pintor norteamericano Julian Alden Weir, que le presentaría en los círculos artísticos de sus compatriotas. En los talleres de la capital francesa se admiraba a Velázquez y a la escuela española, maestros como Bonnat, Carolus-Duran y el propio Gérôme imbuían en sus alumnos una virtualidad visual en que la idea de la pintura como técnica de representación, trabajaba para agotar los límites sensibles entre la realidad y la ficción.

Una de las revoluciones del siglo diecinueve había sido la aparición y desarrollo de la fotografía, y los maestros españoles como el mismo Velázquez eran contemplados cual precursores de esta forma de ver. El viaje a España para examinar en el Prado sus obras, llegó a convertirse en las últimas décadas de aquella centuria en una moda general entre artistas y aficionados. La falta de financiación impidió a Edelfelt cumplir los planes de viajar a Madrid junto con su compañero John Singer Sargent en 1879, pero no se demoraría mucho en aparecer el momento propicio, pues en la primavera de 1881, y gracias a una beca que le concede la Sociedad de Arte Finlandés, llega a Madrid con sus camaradas Edward Darling Boït, y Albert Noël.

Como tantos otros, Edelfelt se había forjado una imagen de España hecha a la medida de lecturas y estereotipos comunes entonces a la imaginación europea, en lo que pudiéramos llamar una imagen romántica. Los caminos españoles, bastante trillados a aquellas alturas del siglo por ingleses, americanos, franceses, alemanes, y algún que otro italiano, habían dado lugar a libros en todas estas lenguas, que describían imágenes y recuerdos como abstracciones de una experiencia de contrastes, entre lo real y lo imaginado. Eran relatos basados en la equivalencia de las imágenes y las palabras, muchos de ellos escritos por artistas, y como experiencia, algo visualmente demostrable. Uno de aquellos pintores, el sueco Egron Lundgren, publicaba con dos décadas de distancia sus memorias de España, en 1870, bajo los rasgos de una visión romántica, al igual que sus propios dibujos bien conocidos por Edelfelt, de las señoritas y gitanos, bailarinas, las arquitecturas y paisajes pintorescos, o los viejos cuadros españoles. Otros artistas nórdicos como el escritor Hans Christian Andersen, a quien precedieron los arquitectos también daneses Körnerup y Mehldahl, habían transitado por las calles españolas tal como las había dejado Lundgren, y habían publicado sus relatos. Pero es la influencia y el recuerdo de este artista la que alcanza la imaginación de los suecos Anders Zorn y Ernst Josephson, quienes siguiendo los pasos de sus compatriotas Hugo Birger y Sören Dietrichsen, formaron colonia en Sevilla durante 1880 y 1881. Estos, en Granada tomarían en matrimonio a las hijas de José Gadea, el propietario de la Fonda de los Siete Suelos, la misma en la que diez años antes se hospedó Fortuny y todos sus acompañantes, en las murallas de la Alhambra.

Los finlandeses serían los últimos nórdicos en llegar a España, un país incorporado con retraso a los itinerarios del Gran Tour. Procedentes de otro a su vez protegido por la corona Rusa de las disolventes ideas del liberalismo campante en Europa, en algo se parecían a los españoles. No fue el ascendente sueco la única instancia del españolismo de Edelfelt, pues en el ambiente parisino del que directamente procedía, donde lo español era síntoma de vanguardia, se unía al ascendente de su propio maestro Becker, que con base en París, había pasado casi tres meses del año 1863 en Madrid copiando a los artistas del Prado, Murillo, Ribera, Cano, Velazquez. Aunque España era considerada en su cultura, realidad y cuadros, bien que presente, anticuada, en su pintura se advertían rasgos de una actitud moderna, otorgando valores de contemporaneidad a las obras de sus viejos maestros. En este ambiente, muchos de los alumnos de Couture, de Gérôme, de Carolus-Duran, hicieron del viaje a España y del estudio de los cuadros en el Prado, un capítulo esencial de su formación. Entre ellos el joven Edelfelt sería el primer finlandés en realizar este viaje en extenso.

Edelfelt no era un romántico al uso de antaño, no le vemos tocado por fiebre alguna orientalista; aun viendo lo que en España se presentaba ante sus ojos, su imaginación no volaba por encima de los rasgos vividos y las escenas vistas que, como percibieron repetidamente los artistas, daban los cuadros hechos. Es más bien un pintor que deseando beber “a largos sorbos toda esa belleza”, tratará de ver la intimidad de las cosas tan manifiestamente a la vista, toda esa suerte de domesticidad pública donde el arte y la vida se confunden en un solo plano de representación. Visitando en Madrid la Exposición Nacional reparaba en la inferioridad del arte para hacer justicia a la realidad española: “¡Qué inferior es esta España pintada que la que se ve, la auténtica! Al fin y al cabo el arte es una pobre caricatura de la naturaleza, y después de todo, bastante aburrido de ver”. Quien así pensaba, ya había visitado Granada, Sevilla y Toledo, trabajando poco, pero disfrutando la experiencia visual que se ofrecía. En Toledo, Edelfelt, por fin recobra el pálpito de pintor. Era una ciudad donde el espectáculo visual se seguía dando, mas ya en un espacio trascendido al tiempo, que flotaba en el vacío de su compás detenido, con la que el artista dejaba clara su afinidad: “En Toledo he pasado diez de los más extraordinarios días de mi vida”.

Las cartas que el viajero dirige a su madre, Alexandra Edelfelt, y a su amigo el intelectual finlandés Berndt Otto Schauman, son el objeto y cuerpo documental estudiado en el libroCartas del Viaje por España”. En ellas quedan reflejadas las coordenadas de su experiencia española, los intereses del artista en cuanto que tal, y los hechos de su vicisitud sensible y humana. En Toledo traba conocimiento con el pintor Matías Moreno, catedrático de dibujo del Instituto Provincial, y maestro formado en el taller familiar de Federico de Madrazo. Un artista incardinado, pese a su exilio toledano, en una atmósfera cosmopolita que cruza sus recorridos con la vida artística de los españoles en París, en la que participó frecuentemente, con las correspondientes interacciones de ambos mundos. A Moreno fueron conducidos con asiduidad los artistas como “el único pintor de la ciudad”, y en su taller toledano, al que llegaran Astruc, Carolus-Duran o quizás Sargent, algunos como Edelfelt advertirían un sentimiento compartido por la luz y las imágenes de que la antigua ciudad era provisora.

En Toledo, con Matías Moreno y con el escritor, compilador de leyendas locales, Eugenio de Olavarría, verifica Edelfelt su inmersión en la vida española. Asiste a las veladas de sus patios, donde se canta y se baila, hace como uno más la romería de la Virgen del Valle, y convive con los miembros de una compañía de ópera que le auxilian en el acicalamiento de la joven modelo toledana, cuyo retrato se ha comprometido a realizar. Lo mismo estudia el efecto dramático de las tracerías góticas, aún incompletas y dilapidadas, de San Juan de los Reyes, escenario tan querido a su anfitrión Moreno, que la fisonomía de los grupos de mendigos que en calles y patios se ofrecen, si no acosan al visitante, y a los que alquila como modelos, usando a alguno de ellos para mantener alejados a los demás. Recoge materia prima para futuros cuadros, se siente, por fin, pintor en España.

Es extraño que después de todo, quede de El Greco en la memoria de Edelfelt poco más que una visión superficial, aunque comentada en extenso, como un pintor de genio malogrado por los desequilibrios, pero admirable al cabo. O quizás no sea tan extraño, pues en tal mérito de admiración hay algo de auto de fe, en una forma ambigua de la que participaba lo mismo Federico de Madrazo que muchos de sus contemporáneos y quizás hasta Moreno, a quien el primero señalaba, y remachaba Olavarria, como devoto fervoroso de ese pintor griego que no dejaban sin embargo de considerar un loco desdichado. Más bien parece que sus anfitriones toledanos no hubieran mostrado a Edelfelt un solo Greco en Toledo, al contrario de lo que pocos años antes hicieran con Zacharie Astruc, el pionero en una nueva devoción que El Greco no tardaría en encender en el París de los artistas.

Con estas mimbres configura su trasfondo el excelente libroCartas del Viaje por España” (Ediciones Polifemo, 2006) de María del Carmen Díaz de Alda Heikkilä. La correspondencia española de Edelfelt es precedida por un comprensivo y detallado estudio sobre el contexto cultural e histórico del conocimiento de España y el arte español desde la perspectiva de los artistas y viajeros europeos, y especialmente escandinavos del siglo diecinueve, realizado por María del Carmen Díaz de Alda Heikkilä, quien además traduce y documenta las cartas del pintor. El imaginario español de Edelfelt queda estupendamente reflejado en un pequeño anexo gráfico donde nos encontraremos fotografías de Edelfelt y Moreno, imágenes y esbozos andaluces y toledanos de patios, callejones, gentes y retratos, Recuerdos de España.

Texto de José Pedro Muñoz Herrera en

http://informes.patrimoniohistoricoclm.es/notas.html

Autoretrato de Albert Edelfelt

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Una galería con lo más representativo de la obra de Edelfelt


 

 

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Anna
    Mar 31, 2011 @ 18:21:35

    Me ha gustado mucho este pintor Nordico, parece imposible que con solo unos 100 años haya cambiado tanto la manera de pintar y ver las cosas, algunos pintores actuales me gustan mucho, pero en general parece que solo importe haber quien hace la cosa más rara y novedosa para que se le de importancia, teniendo muy poco en cuenta la calidad de las obras.

    • Juan Muro
      Mar 31, 2011 @ 19:40:15

      Este es uno de los grandes y en nuestro país apenas se le conoce, lo que clama al cielo, porque en este oficio si no conoces a los maestros estás perdido. Lo que aún es más curiosos es que no se sepa que estuvo entre nosotros para captar nuestra manera de ser y de hacer. Yo creo que tiene mucho que ver que nos guste con que le gustáramos. Lo de los pintores actuales, pues hay de todo, también buenos, pero hay mucho arribismo, sin duda. A veces me dan ganas de despotricar de algunos, no creas.

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