El dibujo para inspirarse


Desnudo tendido

Jose María Rodríguez Acosta

Óleo sobre lienzo.
95 x 189 cm.
Hacia 1939.

El artista de la pintura no es quien pinta las cosas bellas, sino bellas las cosas. Esto es lo que llegó a entender este artistazo granadino, Jose María Rodriguez Acosta, cuando en los últimos años de su vida se encierra en su estudio y acomete la realización de tres bellos desnudos femeninos en busca de una belleza que no puede encontrar ya fuera, en el entorno de guerra civil que vive España, sino en el cuerpo de la mujer.

Pero esto nunca es una apuesta fácil para un pintor, aislarse en el estudio y enfrentarse a un desnudo es acometer un cánon de belleza, intentar dictar lo que es bello y lo que no. En este tema no valen los trucos de pintor, ni las coartadas que justifiquen cualquier aspecto de la pintura que se ponga en tela de juicio: O te sale bien o te sale mal.

Ya se acabaron los temas costumbristas, los retratos, los paisajes que permiten comer, aunque el pintor como en este caso siempre haya sido rico, de familia de banqueros, “dejemos el arte gastronómico para los fogones”, ahora el artista se enfrenta a sí mismo y realiza, en torno al tema de la mujer desnuda y solitaria, un reencuentro con el simbolismo en la tranquilidad de su estudio, en el que deberá hacer gala de todos sus recursos propios, de todo el academicismo aprendido durante sus años de formación, y de las mejores influencias de los maestros que ha asimilado en sus viajes por Canadá, Estados Unidos, Europa, Rusia y Oriente.

Junto a este “Desnudo Tendido”, el pintor hizo otros dos,  “Desnudo de la bola de cristal” y “La noche”, que también os muestro, pero si destaco el primero (al pulsar sobre él lo verás en alta definición) es porque esta obra me subyuga, tiene algo de tétrico con ese fondo oscuro que propicia nubarrones, esa iluminación artificial y forzada y esa puesta en escena un tanto lapidaria. Pero junto a todo ello, el cuerpo prodigioso de la mujer tumbada nos muestra la fuerza de gravedad que aprieta su seno en el pecho, su cabeza tan reclinada que solo se comprende si está abstraída, y luego esas texturas de carne, esas formas tan perfectas… A uno le cuesta trabajo apartar la mirada para fijarse en las telas que envuelven la mesa sobre la que se tumba. Sí, los pliegues son muy bellos, pero prefiero volver a los pies, al muslo, a la mano, a la mejilla sonrojada.

 

"Desnudo de la bola de cristal"

 

"La noche"

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