El primer y último Velázquez


“La educación de la virgen”

¿Diego Rodríguez de Silva y Velázquez?

Universidad de Yale

Después de más de ochenta años escondido en los sótanos de la Universidad de Yale, sale a la luz un cuadro que podría ser la última obra descubierta del genio sevillano, En ella vemos a la Virgen cuando era niña entre sus padres, Ana y Joaquín. La madre, que luce un tosco manto amarillo, parece estar enseñándole a leer en un cuaderno que ambas señalan y el padre d perfil muy velazqueño, mantiene una cesta con huevos. A los pies de la niña, cuya cara es defectuosa, duerme un perro y en la parte superior aparecen una manos cortadas de un ángel que reza.

En estos días en los que el maestro sevillano vuelve a estar en primeras páginas de los principales diarios por la novela “Riña de Gatos”,con que Eduardo Mendoza ha ganado el premio Planeta, presentada en el Museo del Prado, es también noticia la más que posible autoría deVelázquez de este cuadro que os mostramos tal cual lo acaba de enseñar la Universidad de Yale antes de someterlo a su restauración y a su autenticación. Los mejores especialistas en Velázquez y en el naturalismo sevillano participarán en estos trabajos y esperemos que pronto nos den su veredicto. Por de pronto lo que dicen en los foros especializados es que la cosa pinta bastante bien, nunca mejor dicho.

De ser cierto que el cuadro fuera la última obra cuya autoría se debe a Velázquez, sería una de las primeras pintadas por él, y en ella se pueden observar varios fallos bastante destacables, posiblemente fruto de la juventud del pintor, pero también están presentes muchas de las características que luego le harían uno de los más grandes pintores de la historia.  De confirmarse, sería una excelente noticia para entender mejor el periodo sevillano de Don Diego, justo en los momentos previos al abandono del taller de su suegro y maestro Pacheco.

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Llueve en París


¡Y luego dicen que el óleo es caro!

Ulpiano Checa Saez

Muchos pintores españoles no han alcanzado el favor del público, y poquísimos lo han hecho de la crítica. Ello nos lleva a obtener tres o cuatro nombres de pintores y dibujantes cuando les preguntamos a nuestros alumnos más expertos. Pero han sido centenares quienes se han dejado el alma intentando pintar algo original. Hoy vemos a uno de los que NO lo consiguieron: Más

Las Meninas americanas


“Las hijas de Edward Darley Boit”

John Singer Sargent

Óleo sobre lienzo 2,21 x 2,22 metros.

Abril de 2010, el Museo del Prado invita al Museo de Bellas Artes de Boston, (donde se expone esta obra junto a los dos jarrones del taller de Hirabayashi, en Arita) a que el cuadro de John Singer Sargent sea expuesto temporalmente junto a Las Meninas. Reconoce así a esta obra como una de las de mejor calidad dentro de las que reciben una influencia directa de la cumbre de la pintura del barroco, influencia reconocida por el mismo pintor, quien el año antes había estado estudiando y copiando la obra de Velazquez en el Museo de Madrid.

¿Y qué es lo que ven los expertos en esta obra tan desabrida como para llegar a considerarla poco menos que Las Meninas americanas?: Más

El dibujo para inspirarse


Damas en el Palco o “Las tres Manolas”

Francisco Pradilla Ortiz.

Óleo sobre lienzo. 85 x 104 cms.

(…)

¿Adónde irán las manolas
mientras sufren en la umbría
el surtidor y la rosa?

¿Qué galanes las esperan?
¿Bajo qué mirto reposan?
¿Qué manos roban perfumes
a sus dos flores redondas?

(…)

Este fragmento del poema de Federico García Lorca, nos cuenta que los españoles llaman Manolas a las mujeres elegantemente ataviadas con mantilla, una anacrónica costumbre que se mantiene durante la Semana Santa, aunque mas modernamente el palabro tiene acepciones más vulgares y onanistas por lo que ha caído en desuso para designar a estas maravillosas mujeres que nos pintó, en un arrebato de modernidad, nuestro histórico Pradilla.

Veámoslas despacio, en un palco, cinco damas se descansan de una jornada de procesiones. Cuatro de ellas van vestidas de mantilla, una blanca y otras tres negras, y la quinta dama viste de un raso rosa, escotado en la espalda y con tirantes de perlas doradas. El recato y recogimiento religiosos de la Semana Santa pasó a mejor vida, si es que alguna vez la tuvo fuera de la ortodoxia fanática, y como se ve, se ha convertido en todo un despliegue de atractivos femeninos, en el que no faltan mantones de Manila y abanicos sobre el alfeizar del palco y flores amarillas y rojas como prendidos. Las mujeres charlan de lo que ven, el círculo se ha convertido en una central escrutinizadora y una de ellas mantiene unos anteojos en la mano. Sin duda dicen lo que pueden, e insinúan lo que no, de unos y otros, mientras alguna cáe derrotada de tanto trajin y se apoya desganada haciendo frente a la vista del pintor.

Nosotros no podemos por menos que encantarnos con esta obra, que cualquier crítico de buena paga enmarcaría dentro del costumbrismo típico del XIX, aunque en el caso de Pradilla, el costumbrismo español e italiano refleja las escenas cotidianas con una frescura que nunca antes fue alcanzada. Pero a fuerza de profesión y oficio, Don Francisco pintaba con tal soltura que era capaz de hacerlo “al modo Velázquez”, esto es, sin veladuras, soltando el pincel tal como intuía que los garabatos se convertirían en preciosos encajes al separarse de la tela.

Cuando os acerquéis a olerla (por éso va en alta definición, como siempre) algo que nunca debe hacerse en presencia de entendidos, pues al decir de Rubens, “la pintura es para verla, no para olerla” aludiendo a que cada imagen hay que apreciarla desde una distancia determinada; Pues bien, cuando os acerquéis tanto que las pestañas se manchen de óleo, veréis solo manchas de pasta que se amontonan y se atropellan, vertiendo la pintura con valentía y compromiso veréis el genio del pintor manejando una batuta, no un pincel, soltando españa por la paleta, una de las pocas españas que en aquella época eran presentables al público del mundo.

Es un placer ver como la mujer de espaldas refleja su cara en el espejo lateral del palco; fijarse en el ramillete de flores de la esquina derecha, en la factura del mantón que cuelga tapado por la hoja del programa de mano o en las texturas con las que este genio ha conseguido los encajes calados, los brillos de la seda y los mates acolchados de los terciopelos.

Y también es una gozada saborear el prototipo de mujer española de belleza incontestable, fuera de las morenas tan rigurosas de Romero de Torres, Pradilla nos presenta a una mujer guapa y más moderna, pero real, de esas que se veían en los palcos y en los saraos del foro, para gusto de todos.

Ahora, en Madrid, junto al Senado, existe una antigua taberna reconvertida en restaurante de buena cocina vasca, decorado con una reproducción de este cuadro que se llama “Las Tres Manolas”. Es de recibo aconsejarlo porque lo que encuentras dentro es agradable y sabroso.

 

¡Ay Degás, como una regadera estás!


“Pintar un cuadro es como planear un crimen”

Edgar Degas

Esta frase del ingenioso y simpático maestro impresionista venía a decir que él de impresionista tenía poco, que su arte era muy reflexivo y trabajado, poco espontáneo. En verdad Don Edgard era el mejor dibujante francés desde Watteau, y además usaba la fotografía para apoyarse en el dibujo cuantas veces le venía en gana. Eso de salir a pintar al campo no le iba ni con el carácter ni con la comodidad, y en cuanto a la ruptura de las normas, sí, pero después de haber estudiado a fondo a los clásicos.

A don Edgard le encantaban las bailarinas, de las que nos dejó unas 600 obras. Por muchas razones y no todas ellas estrictamente artísticas ni plenamente confesables. En realidad en su época el ballet clásico había perdido el esplendor y el glamour de antaño y el gentío que llenaba la Opera no tenía ni la clase ni el estilo de la rancia aristocracia. Baste con decir que muchos de ellos iban a ver a las bailarinas más por sus encantos personales y físicos que por su buen danzar, y lo que es más, que muchas de esas chicas aún provenían de la típica clase media sin recursos y caían, cuando no se lanzaban o eran lanzadas por sus madres, en prostibularios servicios mejor pagados que el teatro. Vaya, que muchas de ellas eran putas. Más

La prueba del ojo inocente


Por más apariencia de dibujo de los años 50 que tiene el de la vaca mirando un cuadro que os mostramos, tiene poco más de treinta años, es de lo más actual. Igual de actual que su autor, Mark Tansey un  dibujante postmodernista americano a quienes los críticos tratan de asociar, de alguna incomprensible manera, con Magritte o hasta con Jasper Johns, pero no les hagáis caso. Afortunadamente no nos quedará más remedio que volver a hablar sobre él en otras ocasiones y tendremos oportunidad de profundizar en sus ocultos significados.

Haciendo uso de una excelente ironía y sentido del humor, Tansey nos ofrece una alegoría hiperrealista sobre la crítica de arte en esta obra titulada “La prueba del ojo inocente”, de 1981, en la que pinta al óleo (sí, es óleo sobre lienzo, aunque no lo parezca porque él siempre pinta con un solo color, diferente en cada obra) una escena en la que una vaca se presenta a observar un conocido cuadro del barroco holandés Paulus Potter, llamada “El Toro” (1645), que  también os enseñamos.

La vaca mira el cuadro y los demás esperan su veredicto, su juicio sobre la obra, ¿cómo reaccionará?, y lo que es peor ¿a quién le importa lo que piense una vaca?. Hay quien se dispone a anotar cuanto ocurra y también hay quien está ya dispuesto a recoger cualquier lindeza que el inocente crítico deje caer, por eso mantiene una fregona en la mano, (que, dicho de paso, ni es invento español ni data de la época franquista, sino que el limpiasuelos es fruto del natural dolor de riñones americano de finales del XIX).

Pero volviendo a nuestra estupefaciente escena: Las mentes de quienes rodean el mundo del arte parecen estar vacías, quien se supone que debería ser el experto, está mirando absorto a la vaca, quizá ha delegado su función crítica y valoratoria en el herbívoro, quizá esté realizando un evolutivo experimento, pero si alguien siente algo es la propia vaca que parece conectar con el buey tumbado del cuadro hasta el enamoramiento, lo que hace que el rabo se le ponga tenso, tenaz y enhiesto como un pincel.

Cabría preguntarse si a los toros del cuadro barroco les importa algo la escena actual, o si les importó en su momento ser pintados, aunque tanto daría, o si en realidad el toro crítico reconoce en la tela pintada la presencia de dos toros, algo muy alejado de su capacidad, o por último, si es de recibo que cualquier crítico se dispusiera a hacer una prueba inocente y tan falta de sentido como la misma crítica de arte.

El dibujo para inspirarse


Desnudo tendido

Jose María Rodríguez Acosta

Óleo sobre lienzo.
95 x 189 cm.
Hacia 1939.

El artista de la pintura no es quien pinta las cosas bellas, sino bellas las cosas. Esto es lo que llegó a entender este artistazo granadino, Jose María Rodriguez Acosta, cuando en los últimos años de su vida se encierra en su estudio y acomete la realización de tres bellos desnudos femeninos en busca de una belleza que no puede encontrar ya fuera, en el entorno de guerra civil que vive España, sino en el cuerpo de la mujer.

Pero esto nunca es una apuesta fácil para un pintor, aislarse en el estudio y enfrentarse a un desnudo es acometer un cánon de belleza, intentar dictar lo que es bello y lo que no. En este tema no valen los trucos de pintor, ni las coartadas que justifiquen cualquier aspecto de la pintura que se ponga en tela de juicio: O te sale bien o te sale mal.

Ya se acabaron los temas costumbristas, los retratos, los paisajes que permiten comer, aunque el pintor como en este caso siempre haya sido rico, de familia de banqueros, “dejemos el arte gastronómico para los fogones”, ahora el artista se enfrenta a sí mismo y realiza, en torno al tema de la mujer desnuda y solitaria, un reencuentro con el simbolismo en la tranquilidad de su estudio, en el que deberá hacer gala de todos sus recursos propios, de todo el academicismo aprendido durante sus años de formación, y de las mejores influencias de los maestros que ha asimilado en sus viajes por Canadá, Estados Unidos, Europa, Rusia y Oriente.

Junto a este “Desnudo Tendido”, el pintor hizo otros dos,  “Desnudo de la bola de cristal” y “La noche”, que también os muestro, pero si destaco el primero (al pulsar sobre él lo verás en alta definición) es porque esta obra me subyuga, tiene algo de tétrico con ese fondo oscuro que propicia nubarrones, esa iluminación artificial y forzada y esa puesta en escena un tanto lapidaria. Pero junto a todo ello, el cuerpo prodigioso de la mujer tumbada nos muestra la fuerza de gravedad que aprieta su seno en el pecho, su cabeza tan reclinada que solo se comprende si está abstraída, y luego esas texturas de carne, esas formas tan perfectas… A uno le cuesta trabajo apartar la mirada para fijarse en las telas que envuelven la mesa sobre la que se tumba. Sí, los pliegues son muy bellos, pero prefiero volver a los pies, al muslo, a la mano, a la mejilla sonrojada.

 

"Desnudo de la bola de cristal"

 

"La noche"

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